COMUNICADO del actor Jean Carlos Simancas

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He visto con asombro las declaraciones tristes, muy tristes para mí, de los compañeros técnicos del canal de La Colina, como solían llamarlo cuando hervían sus pasillos de creatividad y expectativas, en tiempos cuando muchos otros creativos y yo hicimos carrera y hasta nos enorgullecemos de vislumbrar al mundo desde esa manera de comunicarnos con Venezuela y al menos con setenta y tantos países más, que preferían el melodrama Venezolano que al azteca o al carioca. Ahora, nuestra querida Venevisión es poco menos que una huella más del desastre progresivo en el que nos hemos convertido como país. Este canal que compró el viejo Cisneros para rescatarlo de la sombra zurda cubana, ahora se ha convertido en un patrón inmisericorde con su material fundamental, que finalmente son sus trabajadores.

Empezaron con los artistas, a quienes les referían los sueldos dos y tres meses, hasta que la devaluación se hacía cargo de los precarios honorarios, y ahora esto. Estoy verdaderamente entristecido viendo a mis compañeros técnicos mostrando, con vergüenza, los sueldos de humillación y hambre a lo que los han llevado sus patrones. Por lo demás, nadie al parecer les dio la cara, solo enviaron a un cancerbero a grabar la indignación y a los que se atrevieron a indignarse. Me pregunto ¿Será para castigarlos? ¿Qué pensarán quitarles? Será los tres o cuatro dólares de miseria que tan generosamente les mendruga ejecutivos y dueños del «canal de los grandes espectáculos» y «de la belleza», donde ya no hay ni espectáculos y la belleza se volvió harapienta en la caras largas y tristes, tristisimas, de sus trabajadores.

Señores VENEVISIÓN, de verdad no me atrevo a mencionar nombres porque en ese canal conocí a hombres de bien, ejecutivos que daban la cara. ¿Entonces quiénes eran? ¿Dónde están? ¿Cómo dejan a su gente con una indigente factura de pago en la mano esperando una respuesta? ¿Quiénes eran entonces? Tengo una profunda vergüenza por ustedes, a quienes en algún momento consideré hombres de honor.

Y a mis compañeros del arte: no rumorean por los pasillos, hablen fuerte su indignación. Algún día será de día, y espero que entonces hayamos madurado como para tener un gremio fuerte. Que salga del ostracismo de mirar su propio ombligo y proteste, que se deje oír ante la injusticia colectiva. Finalmente, un artista no es sino el síntoma visible, y en el mejor de los casos, ejemplarizante de su época. Hagamos que haya valido la pena nuestro paso por el tiempo que nos tocó vivir.

Fuerza a nuestros hermanos técnicos de Venevisión. Amanece, siempre amanece.

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